viernes, 22 de mayo de 2009

Tres-de-la-mañana


Las tres-de-la-mañana son la peor hora para todo.


Me lo contó por primera vez Emily de la Luna Nueva, a través de las palabras escritas por Lucy Maid Montgomery. Nunca había tenido unas tres-de-la-mañana, por lo que sólo pude llegar a atisbar lo que aquello podía llegar a ser. Hice como que me lo creía, pues el concepto me parecía interesante.

Pero perdí todo el interés cuando llegaron de verdad. Las tres-de-la-mañana es la hora en la que reflexionas, pero en la que no eres capaz de ver lo positivo, en la que crees que todo saldrá mal, en la que te planteas que nada volverá a ser nunca lo mismo, en la que piensas en todo lo que has hecho mal, en la que recuerdas con nostalgia todos aquellos días en los que las tres-de-la-mañana te encontraron durmiendo plácidamente.

Hay veces que las tres-de-la-mañana te dicen que nunca llegarás a ser aquello que quieres ser en la vida. Hay veces que las tres-de-la-mañana te aseguran que si tu mundo se tambalea es única y exclusivamente por tu culpa. En otras ocasiones, las peores, supongo, las tres-de-la-mañana sencillamente te hacen sentir la persona más sola del mundo, sin explicaciones.

En algunas tres-de-la-mañana está permitido escribir. Sacar de dentro todo lo que te agita. Pero las noches de las tres-de-la-mañana están llenas de demonios. Las tres-de-la-mañana, es, a veces el único momento del día en el que escribir no sirve de desahogo.


Entonces te vas a dormir. Mañana será otro día, dices.


Lo malo es cuando te despiertas. Y siguen siendo las tres-de-la-mañana. Y un nuevo día vuelve a empezar.


Y es que todos los días tienen unas tres-de-la-mañana. Sólo espero poder volverlo a olvidar.

2 comentarios:

S. Dedalus dijo...

Qué va, no todos los días son las tres de la mañana. Las tres de la mañana son pocas veces, nos suele pillar fuera de casa y nos queremos ir a dormir (por eso las odio yo). Pero lo normal es que amanezca y el sueño haya sido reparador (y olvidemos esa hora). Si no sucede, es culpa de los malos hábitos, pero no de esa fatídica hora que, por suerte, sólo tiene una hora de vida.

Ann dijo...

¿Te dije ya que odio la distancia?


Sí, conozco eso. Salvo que yo suelo tener una-de-la-mañana y cuatro-de-la-tarde.

=(